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La historia del gato

22 - noviembre - 2008

Esta historia me la dedicó hace muchos años una amiga, a la que conozco por Arga… La verdad es que me caló muy bien en aquella época y, por lo menos, aprendí la lección y hace tiempo que dejé de pensar de esa manera. No sé donde está su cuento original, pero como me acuerdo bien de él, he hecho una versión, que tiene menos gracia que la suya… La lección que se saca es muy interesante, pero eso, lo dejo al lector.

LA HISTORIA DEL GATO

Hacía una noche de perros. Conducía por un camino lleno de barro, rodeado por una oscuridad que disipaban muy ligeramente los faros de mi coche. Llovía muchísimo y el barro del camino rural que atravesaba, hacía que, de vez en cuando, las ruedas patinaran. Maldije no haberme negado a dar aquella charla a aquella turma de chavales que se dedicaron a tirarme capuchones de bolígrafos. Mientras un bache me hacía saltar del asiento, me amargaba pensando que si estaba por aquel camino a una hora como aquella era por culpa de la dichosa charla.

Creía que nada podía irme peor cuando un golpe muy fuerte hizo que el coche diera un bote y que, además, se me pinchara la rueda delantera derecha. Y, además, sin paraguas. Detuve el automóvil, salí y, como es natural, me calé hasta los huesos. Efectivamente, la rueda estaba pinchada, así que me tocaba cambiarla medio a ciegas y lloviendo como llovía. Pero aún faltaba lo peor de todo, que no era, por desgracia, el hecho de que empezaran a sonar los truenos. Abrí el maletero para sacar la rueda de repuesto y me encuentro que allí no estaba el gato. Por más que rebusqué, tuve que aceptar que lo había perdido. No se me ocurría como iba a cambiar la rueda sin un gato…

En esto recordé que, hacía unos cinco kilómetros, había dejado a mi izquierda una casa tenuemente iluminada. Alguien que viviera por allí debía, por fuerza, tener coche. Mi única alternativa era apagar y cerrar el coche y desandar el barrizal de camino. Llegaría a la casa y le pediría al dueño que me prestara su gato para cambiar la rueda.

A medida que iba avanzando bajo la lluvia, mi ánimo se iba volviendo cada vez más sombrío. No hacía más que protestar en silencio por la mala suerte que tenía. Tras lo que me pareció una caminata larga y desagradable, vi, por fin la pequeña casa de campo. Me detuve y lo primero que pensé fue que había muy poca luz. “Lo más probable”, pensé, “es que en la casa no haya nadie”, así que me di media vuelta y anduve unos pasos hacia el coche. “Aunque, ya que he llegado tan lejos, sería mejor asegurarse”. Me fui acercando y noté como se encendía una luz, lo que me alegró un poco. Sin embargo, en seguida empecé a reflexionar. “Tal y como están las cosas, con tanto asaltador suelto, si me acerco dejándome ver, lo más probable es que el dueño agarre la escopeta y me pegue un tiro. Será mejor que avance escondiéndome entre la maleza”. Así que lo hice, con lo cual mi camino se hizo aún más largo y penoso. Y mientras, me lamentaba: “esta sociedad maldita vuelve a la gente inhumana… dispararle a un inocente al que se le ha pinchado una rueda…”. Cuando estaba a unos cien metros de la casa, me asaltó una duda horrible: “¿y si la casa la vigilan uno o varios pitbull asesinos? Cuando me sientan llegar me atacarán y me comerán… Creo que será mejor que me acerque sólo por donde haya árboles, para poder subirme cuando llegue la jauría”. Esta nueva decisión me obligó a dar un rodeo bastante largo, que me puso aún de peor humor. “Obligar a un ciudadano de bien a empaparse bajo la lluvia… debería ser delito”.

Por fortuna, los pitbull asesinos o no estaban, o no me oyeron, ya que llegué sin novedad a la puerta de la casa. Y entonces, muy indignado, empecé a pensar: “seguro que cuando llame al timbre, se hace el sordo para no abrir… pero pienso insistir, vaya que sí. Y como salga hecho una fiera, le voy a decir cuatro cosas”. Llamé enérgicamente al timbre y tuve que esperar unos minutos en los que pensé en lo insolidaria que es la gente… seguro que tenía gato, pero se negaría a prestármelo. Seguro que si insistía, cerraría la puerta e iría corriendo a por un garrote o a por la escopeta… ¡Vaya un individuo!

Y, al fin, se abrió la puerta, y un hombre, que se frotaba los ojos medio dormido, me preguntó que qué quería. Le grité hecho una fiera:

– ¿Sabe lo que le digo? ¡Que se meta el gato por donde le quepa!

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Fragmentos literarios… el amor.

20 - noviembre - 2008

“-Buena doncella, ¿qué es lo que queréis?

– Daros de vestir – dijo ella.

– Eso al corazón había de ser – dijo él -, que de placer y alegría muy despojado y desnudo está.

– ¿En qué manera? -dijo ella.

– En que viniendo yo a esta tierra – dijo el Rey – con entera libertad, solamente temiendo las aventuras que las armas ocurrir me podían, no sé en que forma, entrando en esta casa destos vuestros señores, soy llagado de herida mortal, y si vos, buena doncella, alguna melecina para ella me procurásedes, de mi seríades muy bien gualardonada.”

   (Amadís de Gaula, Garci Rodríguez de Montalvo).

    Y es que muchos hombres preferimos la lucha, el peligro de las armas, del riesgo y las aventuras, antes que caer prisioneros de los ojos de una mujer. Más duele el amor que el tajo de una espada.

   El Rey que habla es Perión, enamorado hasta las cejas de Helisena, la hija de otro rey en cuya casa se hospeda, y que acaban cediendo a una pasión prohibida, de la cual nacerá Amadís de Gaula. La doncella es una criada de Helisena, la única, aparte de ella misma, que conoce los sentimientos de su señora.

    Hay cosas que no cambian nunca.